Ayer llegó la primavera.
Como me gustaría parar los relojes y quedarme en un punto muerto, parar el mundo y gritar que esto no va a ninguna parte, colocarme al revés para ver si las cosas parecen más bonitas desde otra perspectiva, mirar a todos lados pero a la vez a ninguno y quizás así comprobar que tal vez la vida es bella, que mi vida es bella.
Tan bella y tan bonita como la primavera.
Y por fin comprender que la vida sigue después de todo, que hay que poner de nuevo en marcha los relojes, que debo volver a funcionar, que las grietas se irán tapando poco a poco y que ya no dolerá tanto.